Conocido por sus artículos periodísticos y los libretos de sus novelas y de sus obras de teatro, Ibsen Martínez contó una experiencia muy personal que le dio la clave para reconocerse como un mirón, como un espectador, y de compartir con el lector los vaivenes de su propia opinión.
Cuando esa rara alquimia, ese vínculo se engasta con soltura; cuando temas espinosos se abordan de una forma deliciosamente desprevenida, se logra el lazo entre ambos, que, por cierto, 'las bases semiológicas no lo dan'.
Este excelente cronista de la vida del venezolano opina que toda metodología es útil, pero que lo que hace que un ser humano tenga lectores es sencillamente un misterio asociado con el arte, con el pulso y no con la tecné.
'Lo que hace que un cronista sea leído es la autoridad que le da el ser dueño de su propia opinión, sin que haya cálculo, sin que se ciña a formularios de comunicología'. El recordatorio de la desconfianza de la razón es el mejor arma de un cronista, opinó, señalando su profunda desconfianza hacia el racionalismo moderno y hacia las teorías cartesianas. 'Siempre tuve la dicha de vincularme con los medios impresos, pero durante muchos años advertía que lo que escribía no era comprensible para los lectores'. Recordó que cuando tenía 35 años le dio un infarto y tuvo que dejar las cuatro cajetillas diarias que se fumaba. 'Tenía que dejar de fumar, pero no podía dejar de escribir. Comencé a escribir lento, a pararme de párrafo en párrafo. Comencé a sentir que había respuesta. Admití que no sabía nada del género, me leí títulos señeros Mark Twain, Mariano José del Avila, Alfonso Reyes, Antonio Machado, escribí 800 palabras en una tarde y me gané el premio'.