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Emeterio Gómez // Dora

La vida se resume y se condensa en la mujer. Por mucho que tengas 62 años... y aunque ella te hable insistentemente de sus nietos. Es el misterio fascinante de lo femenino, más fascinante aun que el de lo humano.
Es ese impulso vital en el que se mezclan la reflexión sobre el mercado y el deseo de retener las pasiones que discretamente empiezan a apagarse. Es el respeto y el afecto por una bella ecuatoriana -Dora de Ampuero- luchadora liberal incansable que nos visitó en los 20 años de Cedice.

Participamos juntos en un foro en la UCAB y ella -desde el podio- nos hizo la pregunta clave de dos intensos días de discusiones. En el evento central de los 20 años, un amigo muy querido -liberal apasionado- nos había dicho: "debes estar satisfecho porque Bush ganó apelando a los valores éticos que tú pregonas". ¿Cómo explicarle que no, que esa moralidad primitiva, ese aferrarse oportunista y dogmático a la ética, podría hacerle daño a la democracia y a la causa de la libertad? ¡Por mucho que yo apoye decididamente a Bush!
Y quede claro que sólo hago esfuerzos por inducir una discusión ideológica que a los defensores del mercado nos está haciendo mucha falta. ¡No puede ser que a estas alturas arremetamos aún contra los bancos centrales, como si hubiese alguna posibilidad de regresar al patrón oro o establecer una caja de conversión a escala mundial! Es increíble que no hayamos asimilado que el auge de la política económica, por encima del laissez faire, del "dejar hacer", es una tendencia irreversible. ¡Y que aún así se puede ser liberal!

Entristece que aún hoy no hayamos asumido que en los años 80, Thatcher, Pinochet y Reagan lograron revitalizar la economía de mercado, no precisamente gracias a algún "orden espontáneo" privado ¡sino a partir del poder del Estado! Es inaudito que sigamos pensando que el crecimiento incontenible del capitalismo se debe a la mano invisible del mercado, y no al poder arrollador de la acción consciente de los hombres.

No puede ser, finalmente, que no hayamos asumido que el gran éxito del Liberalismo en los 80 -la derrota de la inflación en los países del Primer Mundo- no se debió al espontaneísmo de los mercados o a la eliminación de los bancos centrales, sino a la aplicación rigurosa de la propuesta básica del monetarismo de Milton Friedman: el control riguroso de la oferta monetaria, gracias al uso del poder creciente del Estado. El único que puede controlar la oferta monetaria que él crea.

Por eso la pregunta de Dora en la UCAB fue crucial. Había yo planteado, en ese foro, que la competencia y el afán de expandir la ganancia -esas fuerzas benéficas que impulsan la creación de riqueza- presionan también sobre la conciencia individual para inducir al empresario a la corrupción. ¡Que tal vez el hombre no tenga la consistencia moral que se requiere para enfrentar dichas presiones! Un estudiante provocador preguntó que por qué los liberales no asumíamos la defensa de Enron y otras empresas corruptas. Respondí que para eso, para enfrentar la delincuencia, estaban la ley y los tribunales. Y allí, desde el podio, colocó Dora su aguda pregunta: ¿cómo se concilian en las grandes corporaciones de hoy la responsabilidad individual la defensa de los valores éticos y la gerencia?

Mi respuesta preliminar, eterna amiga: sólo quien tiene poder tiene responsabilidad moral; sólo quien, a través de sus decisiones, puede influir sobre la realidad para cambiarla, es un sujeto ético. Tu pregunta no se puede responder hoy como se la respondía hace 200 años, cuando de verdad la responsabilidad moral era individual y, sobre todo, privada. Simplemente porque, en ese entonces, las pequeñas empresas competidoras -
dominadas todas por la mano invisible del mercado-, sujetas firmemente a los precios que ésta les imponía, no eran responsables de nada. Hoy la ética tiene que salir de la esfera privada para insertarse en la de lo público. Hoy la gran empresa corporativa trasnacional -¡¡y los Estados!!- son las entidades morales por excelencia.
emeteriog@cantv.vet

 
 
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