Desde hace años hemos tenido la oportunidad de aprender
que si necesitamos vivir al pie de una gran montaña es
necesario prepararse para mitigar daños, especialmente
los derivados de eventos catastróficos. Nunca dejará
de llover, ni el agua de bajar, como nunca dejará de
temblar mientras la Tierra rote y la inercia ajuste la corteza
del planeta.
Vargas alberga el aeropuerto de Maiquetía y el puerto
de La Guaira y por ser la mejor playa de Caracas es el lugar
más indicado para construir instalaciones turísticas
y recreacionales, además de viviendas vacacionales o
permanentes. La suma de estas actividades genera
empleos suficientes para sostener buena parte de la población
del Estado en áreas confortables, seguras y dignas.
Esto permite vislumbrar a Vargas como una comunidad en la
búquedad de ciudad y evidencia que el problema es lo
urbano e implica dos decisiones. La primera es permanecer
y la segunda adoptar un plan serio, respetado y blindado
ante los cambios de gobernantes y las maromas presupuestarias
anuales.
Tener planes paralelos de la Gobernación, de la Alcaldía,
de Corpovargas y de dependencias del Gobierno Central no es
el camino. Es necesario un plan único y una autoridad
ad hoc para ejecutarlo con facultades para asignar responsabilidades
a los demás niveles de gobierno y para controlar su desempeño
en cuanto a resultados y administración de recursos destinados
al plan. Los eventos de estos días parecen
justificar otra forma de dirigir la recuperación de Vargas.
Un plan urbanístico para Vargas debería dirigir
la ocupación del territorio reconociendo la imposibilidad
de eliminar totalmente los riesgos porque se habitará
siempre debajo de dos mil metros de montaña abrupta
que está regresando al mar con la ayuda de la lluvia.
Los sectores planos en Catia La Mar, Caraballeda, Carmen de
Uria y Naiguatá son depósitos de material arrastrado
por ríos y quebradas durante millones de años, proceso
sin fin con el cual debemos convivir. Sin duda estos
terrenos son los más apropiados para asentar población,
pero ocuparlos conlleva a conocer los riesgos y saber cómo
mitigarlos. Se han ejecutado algunas obras como
cauces amplios en las zonas planas y estructuras en sitios
altos para interceptar árboles, lodo y rocas. A
largo plazo se podría reforestar las cuencas para cubrir
el suelo y disminuir la erosión y la escorrentía.
Si se ajustara el lindero norte del Parque Nacional El Avila,
podrían incorporarse áreas aparentemente seguras
y accesibles situadas por encima de la cota 120, urbanizables
con una reglamentación de transición, lo que mitigaría
la obligación de vivir en las cercanías a los cauces.
Es necesario que los habitantes no vuelvan a quedar desconcertados,
sin saber que hacer ni tener medios ni conocimientos para
reaccionar. Debemos aprender a vivir con los riesgos
y preparar a las comunidades para enfrentarlos. Hay
previsiones posibles como refugios equipados con agua, comida,
mantas, medicinas y comunicación, entrenar a los habitantes
para que sepan reaccionar ante alertas tempranas de
peligro que deberían emanar de una red de pluviómetros.
Resolver la accesibilidad es un objetivo ineludible.
El litoral es como una calle ciega que desmejora al alejarse
de La Guaira y al colapsar aísla caseríos,
dejando a los pobladores esperando ayudas inciertas. Corpovargas
tiene la proposición de una vía para acceder
al litoral (sin atravesar Caracas) desde Guarenas-Guatire
y desde el Tuy Medio cuando se construya la conexión
entre Santa Lucía y Kempis. Como esta vía
recorrería varias jurisdicciones contribuye a justificar
una autoridad ad hoc para resolver problemas en Vargas.
Lo mencionado son ejemplos incorporables en un plan para
el litoral que evite la repetición de sorpresas e improvisaciones.
Después de seis años desde el penúltimo incidente,
no hemos logrado superar la emergencia a pesar de la disponibilidad
de recursos. Aterra imaginar cómo estaríamos
si no contáramos con petróleo.
Arquitecto