Argelia Ríos
Oferta sospechosa
Pese a que el momento político impide hablar de una rozagante
vitalidad democrática en Venezuela _o tal vez, precisamente,
a causa de ello_, el diálogo entre las partes es y será
siempre una oportunidad apreciable.
El asunto viene al caso, a propósito de la sorpresiva
visita de los señores del Centro Carter, quienes _cumpliendo
una agenda con propósitos todavía desconocidos,
aunque imaginables_ ya han anunciado su interés en proponerse,
de nuevo, como interlocutores de una reciclada ronda de intercambios,
que tienda a "consolidar la estabilidad" del país.
Más allá de la razonable desconfianza generada
por los oferentes _e incluso haciendo abstracción obligante
del particular concepto de "estabilidad" subyacente en las
muy crípticas palabras introductorias de Francisco
Diez_, la ocasión podría ser más que propicia
para escrutar la gestión anterior de esta ONG y, desde
luego, las consecuencias internas y externas que de ella
se han derivado.
Sin atribuirle alcances especiales al diálogo ofertado,
la propuesta de los "cartesianos" puede verse, en efecto,
como una circunstancia inferior, útil; sin embargo,
para volver a desnudar los cueros resecos de una fundación
venida a menos a causa de su controvertido desempeño
en las crisis electorales de Venezuela y Ucrania.
Tal vez no entusiasme a nadie la idea de que esta nueva
tanda de diálogo sirva para exponer las extravagantes
contradicciones presentes en la actuación, el discurso
académico y los valores democráticos de estos
"apóstoles" de la democracia. El asunto es comprensible.
No obstante, la oportunidad puede resultar de oro si
ella se convirtiera en el escenario para debatir la
tesitura de las iniciativas más cruciales, que
han venido desarrollándose desde el oficialismo
en el marco de la "radicalización revolucionaria".
Esa fase del "proceso", que contiene de todo _incluyendo
hasta una "guerra asimétrica", por la que todos
empuñaremos pronto nuestros fusiles Kalashnikov_,
se inició justo después que la doctora McCoy
y el señor Diez agitaran sus pañuelos de
despedida, complacidos por haber cumplido con la tarea
de regalarles a los venezolanos la misma paz que hoy
es amenazada por las feroces garras imperiales...
Acerca de este capítulo, ambos oferentes poseen
información de primera mano. Es conocida la amistad
surgida entre éstos y algunas de las autoridades
del régimen, con quienes el intercambio electrónico
sigue siendo permanente. Entusiastas vigilantes de
este interesantísimo "cambio en democracia",
según lo llama el señor Diez, "los cartesianos"
saben que la oposición ya no pinta _ni para que
conste en actas_ en las decisiones sobrevenidas luego
del arrebatón referendario. Y todo porque los
derechos de palabra, y demás expresiones de debate
y tolerancia, han sido limitados al mínimo, a
cuenta de una tierra arrasada que acabó con la
fe en el mecanismo del voto.
Así, acudir a ese diálogo no es un pecado
si se tiene claro el objetivo y su precaria trascendencia.
La perversión sería otra: por ejemplo,
que el Centro Carter busque ratificar la condición
democrática del "proceso", a partir del reflotamiento
artificial de la oposición, que es como decir
el restablecimiento de la polarización, principal
alimento del Presidente.
Y es que, aun animando la tesis del enemigo externo,
Hugo Rafael Chávez Frías todavía
sigue necesitando a sus contendores internos.
Ello, aunque apenas sea otra puesta en escena.