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Elías Pino Iturrieta // Mundo, demonio y carne


EL MUNDO, el demonio y la carne no son ahora los enemigos del hombre, como ha pregonado la ortodoxia católica, sino las palabras que forman el título de una novela excepcional que deseo recomendar sin reservas. En este país en cuyos pantanos terminamos por convertirnos en rehenes de Chávez, en destinatarios de la ordinariez de su locuacidad que ahora nos llega en un paquete al estilo Jalisco, conviene pernoctar en el oasis de los textos bien pensados y estupendamente redactados. De allí que me atreva a proponer la lectura de la nueva obra de Michaelle Ascencio, Mundo, demonio y carne, (Caracas, Alfadil Ediciones, 2005), debido a las extraordinarias cualidades de su pluma y al sutil acercamiento que realiza hacia los sucesos de nuestro si glo XIX.

MICHAELLE ASCENCIO narra la historia de María Manuela Alzuru, una muchacha caraqueña de la segunda mitad del siglo XIX a quien obligan sus tíos a la reclusión en el convento de las monjas carmelitas para evitar su relación con un joven de pocos caudales.

María Manuela pasa un tiempo de apartamiento con las religiosas sin que se concrete el proyecto de vestir los hábitos, debido al peso de sus amores contrariados y a la influencia de la política de entonces, cuya orientación laica conduce a la eliminación de los seminarios clericales y a la prohibición de los institutos monásticos. La pasión que se demora en llegar y el poder de Guzmán apresurado en derrumbar los encierros monacales, la conducen al cobijo de una familia en Valencia y después a la vuelta a su casa de Caracas. Entonces María Manuela se dedica a trabajar de costurera, a conocer poco a poco el entorno y a acercarse con timidez al sexo. De Mandinga había tenido referencias entre las monjas, sin llegar a tratarlo de veras. El lector no debe suponer que está ante un relato lineal, sino ante un tesoro de evoluciones a través de las cuales se reconstruye con lucidez un capítulo fundamental de la vida venezolana partiendo de las vicisitudes de una temerosa y vacilante señorita.

UNO DE LOS ASPECTOS más sugestivos de la obra se refiere a la evolución de la rutina conventual. La prosa delicada de Michaelle Ascencio nos introduce en una modesta casa de silencio y oración como seguramente fueran sus similares en el país de la época, una aproximación inédita hasta la fecha. En general la mayoría de los lectores está familiarizada con las costumbres conventuales de comarcas como la Nueva España y el Perú, mas ahora puede penetrar a una escena caracterizada por la precariedad material, por la ausencia de nexos con el poder político y por la limitada relevancia social de sus criaturas. Todo un descubrimiento, la verdad sea dicha. Además, nos pasea con mano maestra por los sucesos políticos que conmueven a las religiosas amenazadas por el liberalismo y a Venezuela toda. De allí que en sus páginas resuenen, por ejemplo, las discusiones sobre la influencia de la masonería, los resultados de la guerra civil, los precios de los comestibles, la llegada de los figurines franceses para el cuerpo contorneado de las damas de un naciente jet-set, la expulsión del Arzobispo, las polémicas de los periódicos y el escándalo de los matrimonios civiles, alrededor de cuya influencia comienza la metamorfosis de una colectividad que pretende blanquearse y civilizarse no sin cierta renuencia

LO FUNDAMENTAL es la escritura, por supuesto, colmada de vocablos y sonidos que no sólo se parangonan con los mejores que se han compuesto en nuestra lengua hispanoamericana, sino también con voces procedentes del Antiguo Testamento y de las obras más encarecidas de los carmelitas descalzos del siglo de oro español. Sin ser crítico literario, ni nada por el estilo, debo confesar cómo, al concluir la lectura de Mundo, demonio y carne, me puse ante la necesidad de proclamar la aparición de la mejor novela relativa a la historia, o novela histórica según también se dice, que se haya escrito jamás entre nosotros. Si quiere el lector alejarse de la barbarie reinante, de la rampante atrocidad que nos acogota, tiene oxígeno de sobra en este libro. Es tan atractiva su factura que termina uno lamentando la destrucción de la casa de las hijas venezolanas de Santa Teresa en tiempos de Guzmán. No sólo porque desapareció la fuente que sirviera de inspiración a una escritora de altos vuelos, sino especialmente por el sujeto que hoy lo habita como prior y pontífice en la esquina caraqueña de Carmelitas.




 
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