La mutación del siglo XX
La competencia entre mujeres y hombres debería ser sustituida por la cooperación, la comunicación y la equidad

 Axel Capriles

 

"El amor es una guerra de sexos. Rivales implacables, el hombre y la mujer olvidan su hostilidad innata durante un corto lapso de vértigo y de ilusión para separarse de nuevo, más beligerantes que nunca en el combate. Pobres dementes que creéis sellar un pacto eterno entre dos enemigos, como si pudierais cambiar las leyes de la naturaleza".
Leopold Sacher-Masoch / "El legado de Caín"

En un influyente ensayo que marcó los inicios del feminismo en el siglo XIX, Harriet Taylor Mill, esposa del gran economista  John Stuart Mill, una mujer inválida que pasó casi toda su vida encerrada en su casa, llamó la atención sobre un hecho que hoy nos parece una verdad de perogrullo: el correcto desarrollo de la humanidad es imposible si

la mitad de la población permanece en condición de sometimiento y dependencia, el progreso de la raza humana exige la emancipación de la mujer y la igualdad de sexos. Las reivindicaciones de las primeras feministas se enfocaron en el derecho a la propiedad y  la liberación económica, antes que en el voto u otros derechos sociales, porque consideraban que el dominio y la subyugación de la mujer eran consecuencias del monopolio de los empleos lucrativos y de la injusta apropiación del hombre de los medios de producción.

La transformación

La asociación entre masculinidad y dominio económico está en la base de la sociedad patriarcal y es la moneda de cuenta del machismo. Pero en un mundo donde los atractivos económicos han dejado de ser posesión exclusiva del hombre y donde, según el ritmo actual, el orden probablemente se invertirá, la identidad masculina ha perdido uno sus principales soportes. La abismal transformación de la mujer en el siglo XX,  el hecho social de mayor envergadura de los tiempos contemporáneos, obliga a una redefinición de los géneros. Pero la igualdad de derechos y oportunidades no implica la eliminación de las diferencias. Sólo el respeto a la diversidad es garante de la equidad, la justicia y la libertad.

 

“La igualdad de derechos y oportunidades no requiere una misma identidad ni exige la eliminación de las diferencias... Sólo el respeto a la diversidad es garante de la equidad”

El argumento continuó como hilo conductor del feminismo en el siglo XX. En un polémico ensayo leído ante la Sociedad de Artes de Cambridge, en 1928, la escritora inglesa Virginia Woolf afirmó que una mujer debía tener una vivienda propia y  dinero para poder disponer del espíritu libre necesario para la creación cultural. Según Woolf, "la libertad intelectual depende de cosas materiales... Y las mujeres han sido siempre pobres, no durante cien años solamente, sino desde el comienzo de los tiempos". La transformación femenina debía comenzar con la obtención de una propiedad  y una renta anual mínima en dinero efectivo. Esas primeras feministas no carecían de razón. La asociación entre masculinidad y dominio económico está en la base de la sociedad patriarcal y es la moneda de cuenta del machismo. Una identidad colectiva tan precaria que, para subir la autoestima del macho, necesita rebajar e injuriar a la mujer, no se mantiene por sí sola. Precisa un  soporte: el atractivo económico. "El dinero hace al macho".

Algunos biólogos han visto en esto un vestigio del proceso de evolución por selección sexual. En muchas especies del reino animal, el macho da comida a la hembra como forma de cortejo. En algunos tipos de mosca, el macho le entrega a la hembra la presa de su caza antes de la cópula. Entre los primates, las hembras tienen preferencia sexual por los machos de alto rango capaces de protegerlas de los depredadores y de otros grupos de hembras que compiten por alimentos. En los humanos, la división sexual del trabajo especializó al hombre en la guerra y la caza, actividades que,  por lo menos hasta la revolución de la agricultura, le dieron una posición  privilegiada. Al encargarse del suministro de las proteínas entre carnívoros nómadas, el macho descolló como proveedor de la especie. Esa imagen parece haber permanecido en la base de la relación entre los sexos durante gran parte de la historia humana.

La solapada sexualidad monetaria es un caldero de conflictos en la actualidad. En un mundo donde los atractivos económicos han dejado de ser posesión exclusiva del hombre y donde, según el ritmo que vemos, el orden probablemente se invertirá, el machismo ha perdido uno sus principales soportes y han quedado sin respaldo algunos patrones con que los hombres construían su identidad. Estos cambios de psicología colectiva no deben ser subestimados. Más allá de las devastadoras guerras mundiales o de las grandes revoluciones políticas, más allá de la globalización o de las vertiginosas innovaciones en telecomunicaciones,  informática e  ingeniería genética, el fenómeno cultural más significativo desde el punto de vista antropológico, el hecho social de mayor envergadura en los tiempos contemporáneos,  fue la abismal transformación de la mujer en el siglo XX, la asombrosa mutación de la psicología femenina que inevitablemente obliga a redefinir lo masculino. La hembra del Homo sapiens es el ser vivo al que más se le ha exigido y que más presión ha soportado en la búsqueda de una nueva identidad.

En un principio, la lucha por la igualdad de la mujer pretendió borrar  diferencias de género, desdibujar la red de características fisiológicas, rasgos de personalidad, patrones de comportamiento y símbolos que distinguían los sexos. Hoy comprendemos que la igualdad de derechos y oportunidades no requiere una misma identidad ni exige la eliminación de las diferencias. Por el contrario, sólo el respeto a la diversidad es garante de la equidad, la justicia y la libertad. Pero para llegar a esta conclusión, se requirió un esfuerzo científico para demostrar que las diferencias entre sexos son demasiado conspicuas como para poder obviarlas; que hay suficientes evidencias de la superioridad de la mujer en habilidad verbal o del hombre en agresividad pero que, además,  las diferencias hormonales entre los sexos no sólo implican distinciones en el funcionamiento cerebral sino que constituyen la base de reacciones emocionales y comportamientos más complejos que definen las diferencias de género. A pesar de que la discriminación de la mujer persiste en la mayor parte del mundo, una nueva conciencia se ha apoderado de la humanidad. Tanto hombres como mujeres tenemos elementos masculinos y femeninos. Del desarrollo y diferenciación de ambos depende la cooperación entre géneros y el progreso equilibrado de la especie.

(*) Psicólogo


PLANETA FEMENINO | OLIMPIADAS

OLIMPIADAS

Comienzo
1900 marcó el inicio de la participación de la mujer en los Juegos Olímpicos, al permitírseles competir en las categorías de tenis y golf.


Actualidad
 Las mujeres compiten en 26 de los 28 deportes olímpicos. A partir de 2004, se agregó la lucha a esta lista, aunque estaba permitida para los hombres desde 1986.


Números
Desde 1988, la participación de los hombres se ha mantenido constante, mientras que la de las mujeres se duplicó. En los Juegos de Atenas 2004 se presentaron 6.262 hombres y 4.306 mujeres.


Delegaciones
En las últimas Olimpiadas, 190 delegaciones tuvieron representación mixta, nueve eran sólo de hombres y dos -Chad y Myanmar- estuvieron constituidas sólo por mujeres.

 

Carolina Barco
La participación activa
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Es ministra de Relaciones Exteriores de Colombia. Estudió en la Universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Tecnology, ambos en EEUU, y en el Instituto de Empresas, de Madrid, España. Trabajó en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en la Alcaldía de Bogotá y en el Ministerio de Desarrollo Económico.

¿Cómo ve el ascenso de la mujer a puestos de poder?
Creo que es muy importante para nuestra sociedad la participación activa de la mujer. Es un complemento a la actividad del hombre. Pero, además, la mujer aporta otras cualidades. La mujer es muy laboriosa, muy dedicada y es detallista. Creo que mujeres y hombres se complementan en el trabajo que se hace.

¿Hay diferencias en la forma de gerenciar masculina y la femenina?
Creo que justamente por esas cualidades de la mujer, su visión va más al detalle, hay una mayor preocupación por la parte personal que proviene del cuidado que uno presta a los miembros de la familia. Concretamente en el tema diplomático, encuentro que me ha ayudado ese relacionamiento, tal vez más personal, que proviene de la condición de la mujer como madre y amiga. Ese factor me ha permitido acercarme a mis colegas logrando unos niveles de confianza y de trabajo muy importantes para afianzar proyectos en común.

¿Cómo siente que es el trato de sus colegas masculinos?
En mi caso, en Colombia, ser ministro de Relaciones Exteriores no es necesariamente asunto masculino. Yo soy la tercera ministra, me antecedieron Noemí Sanín y María Emma Mejía. Sin embargo, debo reconocer que fue mi padre (el ex presidente de Colombia Virgilio Barco) quien nos enseñó a todos sus hijos que lo fundamental en la vida era la preparación, el rigor y la disciplina con que se hacían y cumplían las funciones que uno se proponía. Nos enseñó a aceptar retos y a asumirlos con responsabilidad. Esta enseñanza de mi padre me llevó, en el momento en que el presidente Alvaro Uribe me ofreció el cargo, a aceptarlo y asumirlo con todo el compromiso y cariño.

 ¿Qué la impulsó a un campo tradicionalmente masculino?
Yo creo  que cada cual tiene que hacer las cosas según su temperamento y según su formación, pero yo sí diría que es importante mantener el compromiso y disfrutar también el hogar.

Para mí ha sido prioritario en toda mi carrera darle gran importancia a mi familia, a mis hijas. Ellas siempre han sabido que su mamá está allí y que ellas son lo principal para mí y eso me ha dado una estabilidad, un equilibrio y un apoyo de parte de mi familia que ha sido fundamental.

 

 
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Género
 
FORO: ¿Cuál es la mujer que más admira y por qué?

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