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Un "no sé qué" que se pone de manifiesto en la
expresión corporal, en el mirar, el sonreír
y, sin duda, el caminar. Ellas, aquí, lo hacen con un
ritmo único, no necesariamente aprendido en clases de
pasarela, sino que es parte de la maravillosa herencia cultural
, legado la negritud, en excelente mezcla con la cadencia
indígena y el salero español. Parte de ese panorama es el que uno observa en los pasillos
de los centros comerciales, en las compañeras de trabajo,
en las vecinas, las amigas o familiares: la pasión por
el bisturí estético y cualquier otro tipo de intervención
que pueda contribuir a verse mejor físicamente, ser más
atractiva y con ello la fantasía de ser aceptada y querida
por los demás. Esto pudiera ser conveniente para aspectos
como la autoestima, la imagen corporal e inclusive para la
salud física y mental, pero se problematiza cuando se
convierte en la razón fundamental de la vida, se realiza
compulsivamente y más que amor hacia sí misma puede
expresar dificultades hacia su propio cuerpo e inclusive ser
una forma de autoagresión por no aceptarse como es. Nuestra sociedad tiene una alta responsabilidad en esto y
particularmente los medios de comunicación, que lo hacen
saber cotidianamente: las únicas que tienen opción
de ser admiradas son las jóvenes de bello rostro y
90-60-90. Las otras son desechables. El himno de los medios
hacia las mujeres se titula "la eliminación de las feas".
Todo esto ha llevado a creer que vivimos en un país
de mujeres anoréxicas, que dejan de comer para mantenerse
delgadas; bulímicas, que vomitan para expulsar lo que
puede engordarlas y compulsivas con las dietas, ejercicios
y cirugías etéticas. Esto, junto a unas familias
afanadas para que sus hijas alcancen fama y dinero a través
de la belleza y una sociedad que presiona para que esto sea
así, sancionando a todas aquellas que no lo logran y
convirtiéndolas en grandes fracasadas sociales.
“La fama de bellas que acompaña a las venezolanas ha producido la creencia en el exterior de que todas son así... también se piensa, incluso aquí, que hay una obsesión colectiva porque así sea”.
Un periodista británico con quien hablaba sobre el tema
quería convencerme de que en Venezuela esto era así,
que este es un país de bellas obsesivas, especie de Frankenstein
femenino y tropical, que las familias, la sociedad venezolana
las inducía a eso. Existen algunas, no hay duda,
quizás muchas, que son de esa manera y que pagan muy
alto el costo de lograr el estándar de belleza -le dije-
pero también puedo decir que muchísimas de esas
familias que invierten y sueñan en tener una hija bella,
hacen lo mismo para que estudie, sea trabajadora, responsable
y exitosa en otros planos de la vida. Por supuesto, tenía
hechos para demostrárselo. Aquella fue una oportunidad para combatir otras creencias
que terminan de formar el estereotipo de la mujer venezolana
y es que como bellas, deberían ser brutas, vacías,
superficiales y, para colmo, desgraciadas (por aquello de
que la suerte de las feas las bonitas la desean…) y si bien
hay muchas así, no todas lo son. En las aulas universitarias de Venezuela, en las salas de
reuniones de importantes empresas, en las calles de las zonas
industriales y en los actos políticos, tanto del Gobierno
como de la oposición, se pueden encontrar rostros y cuerpos
de bellas mujeres que participan, piensan y deciden sobre
importantes asuntos y nos ayudan, en la práctica, a romper
con parte del estereotipo. (*) psicólogo social |




