|
una raza. Hasta aquel entonces, la práctica histórica de ejecutar a grandes grupos de personas a causa de su religión, ocupación, estatus social, origen geográfico, idioma o raza era un crimen sin nombre.
La fuente histórica indica que el genocidio, el delito de tratar de eliminar a grupos enteros de personas, ha sido una costumbre a través de los siglos. El Libro de Josué expone la destrucción por parte de los israelitas de comunidades enteras en Canaán. En su narración de la Guerra del Peloponeso, Tucídides describe la práctica de devastar una ciudad-Estado o toda una isla matando a todos los hombres adultos sanos, además de vender a las mujeres y niños como esclavos. Los griegos no se quedaron atrás con el hábito genocida de acabar con una ciudad completa y gracias a la riqueza verbal del griego antiguo ellos sí le tenían nombre a ese crimen.
Tras su conquista en las Guerras Púnicas, Roma aniquiló
a Cartago de la misma manera, y fue tan lejos como para emprender
una forma temprana de ecocidio al esparcir sal marina en las
adyacencias de la ciudad derrotada. Por supuesto, la colonización
del nuevo mundo es otro ejemplo. Fray Bernardino de Sahagun
y Bartolomé de las Casas lamentan y condenan la carnicería
con espada y plaga de las tribus indígenas. Tampoco el
genocidio se limita al Occidente. En la Edad Media, los ainu
caucásicos de la isla de Hokkaido fueron prácticamente
exterminados por sus coterráneos japoneses.
Claro está, el ejemplo más titánico del genocidio
moderno como táctica alevosa de política es el Holocausto
(Shoah). Cometeríamos una gran injusticia si negáramos
que alguna vez tuvo lugar. La amnesia colectiva no es una
forma legítima de revisión de la Historia. Precisamente,
el pasado 18 de abril, el Gobierno alemán tomó la
decisión de abrir los archivos nazis que contienen información
sobre unos 17 millones de judíos y trabajadores esclavizados
que hace seis décadas fueron perseguidos y asesinados
durante el Holocausto, material que permaneció vetado
al público en virtud de un derecho ejercido en su carácter
de miembro del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).
La disposición anunciada por la ministra de Justicia
alemana, Brigitte Zypries, permitirá a familiares e historiadores
acceder a los archivos masivos contenidos en unos 25 kilómetros
de anaqueles correspondientes al año 1945, del Comité Internacional de Rastreo, creado por el Tratado de Bonn del
6 de julio de 1955. (1)

"Power vivió su infancia en Irlanda, una isla que, sin lugar a dudas, le sirvió como laboratorio empírico inicial para estudiar la dinámica durante siglos de polarización e intolerancia religiosa "

Estos archivos, con unos 17 millones de nombres, fueron depositados
por ciudadanos de 11 países en Bad Arolsen, Alemania,
en 1955. Tal como lo certifican sus creadores, los archivos
contienen documentación íntegra de Dachau y Buchenwald,
así como listas de prisioneros y registros de campos
de trabajo forzado, de desplazados y guetos.
Sobre la decisión de Alemania, según Sara Bloomfield,
directora del Museo en Memoria del Holocausto, en Washington,
principal impulsor de la desclasificación de documentos,
"la medida no podía ser más oportuna. Estamos perdiendo
a los sobrevivientes y el antisemitismo va en aumento. Este
paso histórico, sin duda, ayudará a evitar que se
repitan atrocidades de esta naturaleza".
La doctora Power relata la manera como Raphael Lemkin persuadió
a Naciones Unidas para que aceptara el término "genocidio"
y lo reconociera como un delito. El 12 de enero de 1951 entró
en vigencia como ley internacional la Convención para
la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio.
Allí se establece que las naciones que fungen de partes
contratantes de la nueva ley lo hicieron en el entendido de
que "en todos los períodos de la Historia, el genocidio
ha infligido grandes pérdidas a la humanidad".
Power ahonda en detalle sobre los genocidios perpetrados
en el siglo XX. Echa a andar con el caso armenio en la I Guerra
Mundial. Prosigue para elucidar la práctica del genocidio
en la Europa ocupada durante la II Guerra Mundial, Camboya
bajo el régimen del Jemer Rojo, y la utilización
de armas químicas por Irak contra los kurdos y otras
minorías. Culmina su obra con largos ensayos sobre Bosnia,
Ruanda, Srebrenica y Kosovo.
Para Power, sin embargo, el propósito de la tesis sobre
el genocidio entraña más que la simple enumeración
de atrocidades y el abocarse a estudios comparativos de carnicería
y daños colaterales. Su labor tiene un supremo valor
profiláctico en la identificación de los rituales
sociales y las rutinas colectivas que son los signos precursores
de un posible genocidio. Como política intencional de
Estado, el genocidio se produce únicamente después
que una minoría en particular ya ha sido objeto de discriminación
y exclusión, al tiempo que toda la población ya
está abrumada con la incesante propaganda apoyada por
el Gobierno acerca de sus aviesas actividades y características.
En muchos casos, se ponen a circular listas de ciudadanos
indeseables con miras a limitar su acceso a las actividades
promovidas por el Estado, la educación y la salud.
El empleo de los medios para estigmatizar a la clase minoritaria
en cuestión sienta las bases para los rituales públicos
de violencia. Un ejemplo de esto fue, el 9 de noviembre de
1938, el Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, que
vivió Andrés Mata Heuer cuando era un joven estudiante
venezolano en Alemania. Esa noche se atacó a más
de siete mil locales comerciales y también se agredió
y asesinó a miembros muy representativos de la comunidad
judía. Al día siguiente los periódicos
alemanes sólo destacaron las pérdidas sustanciales
de las empresas de seguros sin reseñar lo demás.
Estos asesinatos políticos tienen el mismo valor
simbólico que poseen los sacrificios humanos en las sociedades
premodernas. (2)
En un sentido mágico, los problemas de la sociedad:
inflación, desempleo, etcétera, se desvanecerán
si la sociedad se purifica de la contaminación causada
por el enemigo interno, a menudo imaginario. Todo lo que necesita
el Estado para hacer el trabajo es un pequeño grupo organizado
de matones, además de la indiferencia de la mayoría.
Power abriga la esperanza de que la Historia moderna no tiene
por qué ser la trágica repetición de la Historia
antigua; esta vez con tecnologías mucho más letales.
Destaca que en la Edad Contemporánea la naturaleza instantánea
de los modernos medios internacionales de comunicación
puede detectar los genocidios que se realizan sobre la marcha.
A manera de ejemplo, cita el trabajo de Roy Gutman, el reportero
de Long Island Newsday, quien fue el primero en llamar la
atención mundial hacia los campos de detención serbios
en Bosnia en 1991. Con el objeto de ilustrar que la
comprobación ante terceros del genocidio es lenta, laboriosa
y con frecuencia peligrosa, Power cita a una joven médica
serbia, Selma Hecimovic.
"Al final, me cansé un poco de tratar constantemente
de comprobar. Teníamos que comprobar el genocidio, teníamos
que comprobar que nuestras mujeres eran violadas, que se mataba
sistemáticamente a los niños. Cada vez que tomo
una declaración de estas mujeres, y ustedes los periodistas
querrán entrevistarlas, imagino a esa gente, desinteresada,
sentada en una bella casa, con una hamburguesa y una cerveza
por delante, alternando los canales en la televisión.
Realmente no sé qué es lo que tiene que pasar, qué
mayor sufrimiento les espera a los musulmanes para que el
llamado mundo reaccione...".
Aunque estemos al corriente de las atrocidades del pasado,
podemos condenarnos a repetir la misma historia si nos mantenemos
apáticos ante las atrocidades que se producen en el presente.
Sin duda, el problema del infierno, ya tan exhaustivamente
estudiado por Power, seguirá formando parte de las noticias
del mañana.
(1) Para información sobre el Comité de Rastreo
Internacional, consulte la edición de "The Washington
Post" del 25/03/2006.
(2) Véase "La Rama Dorada", de sir James Frazer
|