JUAN M. ECHEVERRIA
Nos preocupa la banalización de la explosión delictiva
y el colapso institucional. Es grave aceptar como inevitable
que los menores vivan en las calles, también que las
urbanizaciones y barrios funcionen como guetos y enfocar el
éxito de los centros comerciales desde el ángulo
de la seguridad. Todo lo anterior se resume en aceptar cualquier
pérdida económica en manos de la delincuencia, con
el comentario de que al menos salvamos la vida.
Si a lo anterior agregamos la desconfianza de la colectividad
frente a la policía y la justicia, se plantea la urgencia
de demostrar que la denuncia y la acción policial pueden
lograr resultados efectivos, insistiendo en la depuración
de las instituciones que deben atender a los ciudadanos en
general, sin que éstos sean aplastados por el Estado.
Lo cierto es que la base de una estrategia de seguridad es
la coherencia entre sus distintos integrantes y la flexibilidad
que le permita autoajustarse, de acuerdo a la aparición
de nuevas categorías delictivas y al crecimiento exagerado
de otras.
Por eso hay que acabar con el divorcio entre la población
y las instituciones; sólo que para ello hace falta
una justicia efectiva, garantizar la protección de
las personas y las propiedades y brindar un margen de seguridad
al cuerpo social, acentuando la actuación de los jueces
de paz y la represión sobre los delitos violentos y
aberrantes, el secuestro, el sicariato, la extorsión,
el tráfico de drogas y los ajusticiamientos. Entendiendo
que la policía no puede politizarse ni actuar como
una fuerza militar, ya que el delito se incuba en lo económico
y social y se debe combatir con criterios civiles.
Se impone erradicar la excesiva dependencia de la realidad
judicial del Poder Ejecutivo, mejorar la probabilidad
de que un delincuente sea capturado después de cometer
un delito, así como las posibilidades de sancionarlo,
la prevención situacional y los procedimientos de
coordinación; cuando la crisis es el resultado de
un largo período de abandono que afecta los aspectos
más sensibles de la sociedad. La policía y la
justicia tienen que actuar frente al riesgo de las armas
de fuego, porque un porcentaje elevadísimo de los
homicidios son producto de su uso indiscriminado y de
los delitos de alta violencia.
Esta es la oportunidad de atender con motivación
y logística el delito vecinal, así como a
los menores que comienzan a delinquir y los delitos
masivos. De allí que sean fundamentales los anillos
o islotes de seguridad, que permitan recuperar los espacios
ganados por la delincuencia y una mayor supervisión
sobre los lineamientos de autodefensa, con planes concretos
de incorporación de la comunidad en la lucha contra
el crimen.
El sentimiento de seguridad es parte de la inseguridad
real y es un problema en sí, por eso el Estado
tiene que abordarlo.
juanmartin@cantv.net