Hace seis años el país tuvo que elegir entre un militar y otro militar. Recuerdo que me sorprendió entonces que gente tan lúcida como Manuel Caballero o Teodoro Petkoff se emocionasen con la candidatura del otro teniente coronel. ¿Cualquier cosa que se le pare enfrente a Chávez es buena? me pregunté entonces.
Luego pensé que tal vez ellos y todos los que llamaron a votar por Arias Cárdenas tenían razón en el fondo. Que en democracia hay que tener el valor de elegir, que es imposible que todos podamos votar por quien nos da la gana, que hay que escoger entre uno y otro, por más que creamos que mejor es el de más allá. Enfrentados a una circunstancia tenemos que ver qué hacemos con lo que se nos presenta en vez de quejarnos por lo que no hay.
Las dudas continúan: vista la actitud rastrera de Arias Cárdenas en los días que siguieron a aquella elección, la verdad es que al sol de hoy no sé quién tenía razón.
El panorama hoy es aún más desolador. Ahora resulta que el entusiasmo que no levantó la candidatura de Petkoff lo tiene la del Conde del Guácharo. Terminé de entender a este país cuando hace unos meses, control remoto en mano, me puse a cambiar rápidamente de canal en el entretiempo de un partido de fútbol. Primero aparecieron unos animadores en Sábado Sensacional jugando a que eran retrasados mentales, y en el canal de más arriba, el que es de todos los venezolanos, apareció el Presidente vestido de charro y cantando "Sigo siendo el rey" (era la época en que se insultaba a Fox). Una cosa era producto de la otra, no tenía nada de raro que un país que se crió viendo Sábado Sensacional tuviera hoy el Presidente que tiene. Como tampoco es extraño que se emocione ahora con la candidatura del Conde. El país sensacional, en definitiva, el que que nunca dejó de ser aquel campamento del que habló Cabrujas.
Seguimos esperando al Mesías, al outsider, al antipolítico que nos va a salvar de los detestados políticos, al líder nuevo e impoluto. Los mismos que se entusiasmaron con Chávez hace ocho años hoy se alegran con la aparición del Conde. No aprendemos nada. Seguiremos de error en error, de decepción en decepción pero, eso sí, con la esperanza inmaculada, invencible, de que aparezca algún día un Súper Santo Padre Salvador.
Las elecciones de diciembre pueden ser importantes para crear una plataforma de resistencia para los años que vienen, y creo que para eso Benjamín Rausseo es la persona menos indicada. Me imagino la campaña que viene, otra vez con gallinas, con frijolitos, con chistes, con burlas, todo muy divertido, muy folclórico, muy del gusto de todos. A payaso, payaso y medio. Chávez estará en su elemento, y por eso sus seguidores se alegran de la aparición del Conde (y no porque éste sea, como creen algunos que de tan maquiavélicos resultan cándidos, un agente secreto del chavismo para dividir a la oposición). Nos reiremos mucho e iremos a votar entre carcajadas, porque en el fondo nada nos importa y nada nos conmueve. Ojalá la risa nos dure lo suficiente y todavía la tengamos cuando haya que enfrentar lo que vendrá después.
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