Juan Carlos Palenzuela
Franjas
Las artes visuales siguen siendo el eje central de la cultura
venezolana. Desde hace mucho que es así y su actividad
específica nunca ha decaído. Artes en constante
inventiva, renovación y metodológico hacer. Artes
que en la ocasión del salón juvenil de la Feria
Iberoamericana de Arte (FIA) presenta nuevos protagonistas
y, casi de estreno, el interés por los lenguajes derivados
de lo tecnológico, el video, lo virtual y la fotografía
como formas expresivas que corresponden al tiempo presente.
A pesar de la brevedad expositiva del salón de la FIA,
su importancia fue y será significativa. Se impuso un
arte tecnológico, de lo que en pasado reciente se llamó
"nuevos lenguajes". Ahí están buenas y definidas
pistas de lo que son vertientes del arte actual.
Después de esta exhibición, qué duda cabe,
entramos, definitivamente, en una etapa, en el arte venezolano,
de franca y amplia utilización de medios tecnológicos
por medio de los cuales, según el criterio de Michael
Rush, se introducen nociones de tiempo y de espacio de manera
innovadora (1999).
Seguramente sucede un punto de partida en la obra de
Astolfo Funes, Ocular, impresión sobre vinil microperforado,
todavía enlazada con lo pictórico, con lo gráfico,
con las formas plásticas de la calle, con cierta
formalidad aún vigente. Obra estupenda, de buen tamaño,
por momentos podría sugerir un trazo anónimo
e incluso el papel de un afiche.
Entre lo tecnológico y lo urbano, entre los sentidos
de autoría y la irrenunciable presencia del cuerpo
humano; entre el video y la invención de mitologías
personales, estos jóvenes artistas comienzan a
marcar un terreno que exige una mirada atenta para su
debido reconocimiento.
Muchos de ellos, o mejor dicho todos ellos, vienen
de un arte al margen, de la fotografía, de la
experimentación que genera otra mirada, otra
cualidad del oficio de lo visual.
Suwon Lee trabaja en fotografía digital para
su Autorretrato sobre papel. Una figura oscura,
preciosa, a contraluz, radiante, toma y se impone
en la composición.
Algunos parecen excesivamente escolares. Otros
son sumamente obvios. No importa pues, el tiempo
irá asentando cada lenguaje y autoría.
Unos pocos imponen su carácter. Lucía
Pizzani, Pedazos, fotografía, impresión
digital, insiste sobre el cuerpo humano y situaciones
extremas no tanto de placer o dolor, como en
el desdibujo de lo que la memoria o el afecto
reconstruirá. Dulema Pulgar, por su parte,
persevera en trabajar con cintas magnetofónicas,
montones de ellas, para restablecer redes, cortinas,
delirios. Los restos de todo y de nada es un
perfil de lo contemporáneo. Sandro Pequeño
hace su autorretrato con equipos, ambientes
y fotografía, mientras que María Antonia
Rodríguez y Martín Castillo realizan
una instalación mural con fotografía
analógica impresa en papel fotográfico,
en la que narran su privacidad, su holgazanería,
su felicidad.
Este salón de la FIA invita a algunos
jóvenes como Nayarí Castillo que
presenta la forma fugaz e intensa del fuego,
en un silencio total para un diálogo
abierto.
La instalación video, la recia fragmentación
de la imagen, la casi desaparición
de los textos y de lo teatral, el cuidado
en lo conceptual y los discursos ensimismados
parecen marcar estos capítulos iniciales
de un arte ya posesionado y a partir de
tales pautas deberán establecerse amplitudes
mayores, complejidades e incluso obras singulares.