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Virginia Freites
Una restauradora gitana
Arquitecta de profesión. Radicada en Florencia, su estilo particular de restaurar antigüedades le ha valido la asignación del palacio renacentista Budini Gattai y el mobiliario de Sting
Emigrada hace más de una década, Freites sueña con regresar para trabajar con La Pastora o los cascos históricos de Mérida y Coro	(Nicola rocco) (Nicola Rocco) (Nicola Rocco)
Emigrada hace más de una década, Freites sueña con regresar para trabajar con La Pastora o los cascos históricos de Mérida y Coro (Nicola rocco)
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REYES THEIS 
EL UNIVERSAL

Cuando pronuncia la palabra "Venezuela" a Virginia Freites la sonrisa se le ilumina. Hace más de una década egresó como arquitecta de la Universidad Central de Venezuela (UCV),  miró con detalle la realidad del entorno y le sorprendió la falta de aprecio por el acervo histórico. Esa inquietud la llevó a Italia a estudiar restauración.

Efectuó un periplo por las caraqueñas casas de La Pastora, por el viejo casco de Mérida, y por las casas antiguas de Coro. "Comencé a interesarme cómo se podía rescatar todo aquello", señala.

Hoy, Virginia Freites, sigue redescubriendo el mundo y producto de su incansable esfuerzo es una restauradora de primera línea. Sus manos se hacen cargo de devolverle el esplendor a las reliquias del florentino Palacio Budini Gattai -obra del Renacimiento-, igual encomienda tiene con los objetos del cantante británico Sting. Sin embargo, no pierde sus esperanzas de contribuir a rescatar la historia venezolana narrada a través de sus antigüedades.

A Italia fue a parar hace doce años, tras ser beneficiaria de una ayuda del Consulado de ese país para estudiar restauración de madera en el prestigioso Instituto Spinelli de Florencia, y desde el principio hizo lo posible por ganarse un lugar en un mundo muy competitivo.

Mientras estudiaba tocaba puertas esperando ser recibida como pasante. Dos estudios la recibieron. Pero, no todo fue fácil, porque los antiguos restauradores guardan con celo sus técnicas. "Son capaces de ir a trabajar en la noche para que no veas las cosas que ellos mezclan", asegura.

Sin embargo, su costumbre venezolana, de querer resolverlo todo la ha distinguido del resto de los restauradores. "Conocí a una persona que es arqueóloga suiza y hace restauración de pinturas. Ella tenía un cliente que poseía un cuadro muy grande y difícil para sacarlo del sitio, con un marco dorado en hojilla de oro enorme. Si lo movía se podía partir", dice la arquitecta, quien asumió el reto de restaurarlo en donde estaba: en el Palacio Budini Gattai.

En Florencia, los restauradores suelen ser muy convencionales, sólo trabajan en su estudio y generalmente con el material en el que se especializan, Freites es distinta: "Me he convertido en una especie de restauradora gitana, donde me necesitan llego con mi maleta", comenta.

Las puertas de la casa de Sting se le abrieron de la misma forma, por romper con los esquemas. "Un día llegó un señor con una caja con unos vidrios rotos y dijo que era una lámpara, que su cliente no se podía dar cuenta que se había roto. Los dueños del estudio le dijeron que no iban a perder tiempo en eso (se especializaban en madera)". Freites, nunca había restaurado vidrio, pero averiguó cómo hacerlo. "Cuando el señor llegó me dijo que era igualita a la lámpara gemela. Ese era el arquitecto de Sting". Todavía el cantante es su cliente.

El Museo de Anatomía La Specola, el Castello del Nero -edificación convertida en hotel que conserva su esplendor del período renacentista- y un palacio adquirido por los dueños de Universal Studios, forman parte de sus múltiples trabajos.

Freites pasa nueve meses del año en Florencia, los otros tres se viene a Venezuela. "Aquí me restauro el espíritu", comenta. En Italia, mientras sus manos hacen el trabajo, escucha música venezolana y asegura esperanzada, que poco a poco el país se está dando cuenta de lo importante de rescatar su historia.


JUZGA EN LA HAYA LUEGO DE SUS ESTUDIOS EN LA UCV
Entre los 15 magistrados de la Corte Internacional de Justicia, considerado el máximo órgano judicial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), hay sólo dos latinoamericanos. De estos, uno es venezolano, Gonzalo Parra Aranguren, quien fue elegido en enero de 1996 para completar en La Haya el mandato del juez Aguilar Mawdsley, fallecido en octubre de 1995. Nacido el 5 de diciembre de 1928, este caraqueño se graduó summa cum laude en Ciencias Políticas y Jurídicas en la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde posteriormente impartió clases de Derecho Internacional Privado por 40 años. Además, obtuvo el título de doctor en Derecho de la Universidad Ludwing Maximilians, de Munich.
Su experiencia le llevó a asesorar la elaboración de la Constitución Nacional de 1961, así como a dictar numerosos simposios en todo el mundo. También ha escrito más de 13 libros jurídicos. Es, además, individuo de Número de la Academia de las Ciencias Políticas y Sociales.
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EL PROTAGONISTA
Marcos Saenko

20 años de servicio policial. Su trabajo es el sueño de muchos niños, una de esas profesiones que, cuando están pequeños, todos quieren ser. Y aunque en sus planes iniciales no estaba el ser policía sino seguir su carrera como piloto, Marcos Saenko es, hoy en día, uno de los mejores detectives que hay en Estados Unidos en materia de fraudes financieros.

Sus más de 20 años de servicio en la Policía de Coventry, en Rhode Island, le valieron en 2007 una mención honorífica como oficial del año. Se trata de un premio que le fue entregado durante la reunión de la Asociación Internacional de Jefes de Policía y es el único venezolano que lo ha recibido. "Fue un honor haber sido reconocido. Hay muchos oficiales que han hecho cosas heroicas y yo sentí que no merecía este premio", asegura.

No obstante, los cientos de casos que ha resuelto sólo confirman su impecable trayectoria y dedicación. En especial, Saenko recuerda el caso de cuatro armenios que lograron robar los números de 1.000 tarjetas de crédito y consiguieron adueñarse de unos 120.000 dólares. "Finalmente, con la ayuda de la policía secreta, arrestamos a los ladrones y ahora están en la cárcel".

De su trabajo disfruta "el saber que ayudo a miembros de la comunidad cuando ellos necesitan colaboración en crímenes financieros". Su vida siempre ha estado dedicada a los ciudadanos.

Graduado de la Escuela de Aviación Militar venezolana en 1976, Saenko formó parte del equipo acrobático "Las Águilas" pero en 1981 "decidí salirme de la Fuerza Aérea y mudarme a Estados Unidos con mi esposa para empezar una nueva vida". Inicialmente debía comenzar a trabajar para una aerolínea llamada Air New England, pero a una semana de su llegada al país la compañía se declaró en bancarrota y, aunque intentó buscar trabajo como piloto en otras empresas, en ese entonces había una recesión económica que jugó en su contra.

Así, en 1987 "traté de entrar en la Academia de la Policía del Estado de Rhode Island. Yo conocía a varios miembros de esa fuerza y ellos querían que me uniera al grupo. Finalmente, la Policía de la ciudad de Coventry me llamó". Desde entonces, ese es su hogar, todos lo conocen "y me han aceptado como un miembro de la familia, muchos de ellos quieren saber más sobre Venezuela" por lo que tiene una presentación que lleva a las escuelas locales para que los niños conozcan a su país natal.

Hace unos cinco años que no vuela, pero recuerda con cariño los días en que hacía acrobacias. De Venezuela extraña "las playas, el calor, la cerveza Polar, las mujeres bonitas y, sobre todo, el trato con la gente". No descarta regresar "algún día" al país y, quizás, asentarse en la isla de Margarita. Clara Martínez Turco